La colonia Santa María la Ribera nació para armarse y construirse en varias piezas, todas ellas pertenecientes a distintos instructivos. Este territorio es la combinación de la bonanza porfiriana del siglo XIX y del folclor nacional de los vecindarios populares. Sus monumentos y recintos históricos comparten asfalto con los mercados y fachadas coloridas. Con el tiempo, los elementos urbanos que la componen la convirtieron en la casera de la singularidad.

Apareció en el mapa como el primer fraccionamiento de la Ciudad de México, una zona de casas modestas que estaba fuera del cuadrante del Centro Histórico (como los lotes residenciales del Pedregal y la Zona Rosa), pero sin alejarse de éste. Su desarrollo inició en 1861, cuando la Hacienda de la Teja (actual Museo de Cera) formó un conjunto de viviendas en su rancho aledaño, llamado Santa María. Esto propició que se edificara una colonia con tintes de jolgorio y tránsito urbano.

Con la migración popular tras el terremoto de 1985, la oportunidad comercial se convirtió en la inquilina de este epicentro cultural. Vecina de las demarcaciones de Tacuba, Tlatelolco y Tabacalera (las dos primeras fueron grandes territorios de la época prehispánica; la última, casa del Museo Nacional de San Carlos), la Santa María también posee locales y elementos tan simbólicos como antiguos.

Uno de ellos es la Alameda de Santa María, considerada como el primer jardín público erigido a las afueras del centro de la ciudad. En ella se encuentra el emblema de la colonia: el Kiosco Morisco –llamado de esta forma por sus elementos arquitectónicos de origen musulmán–, el cual fue instalado en el año de 1910.

El templete, construido por el ingeniero José Ramón Ibarrola y fundido en Pittsburgh, Pensilvania, fue colocado en un principio en la Alameda Central, pero fue reemplazado por el actual Hemiciclo a Juárez. Sin embargo, su relevancia internacional lo convirtió en la insignia mexicana de la Exposición Universal de Nueva Orleans (1884-1885). Su estructura de hierro hizo posible su desarmado para encajar con la historia de los inquilinos de la colonia que limita con avenida Ribera de San Cosme.

A unos cuantos pasos de la Alameda se encuentra un recinto que invita a la apertura científica y educativa de nativos y extranjeros, el Museo de Geología. Instaurado en 1906, el “Palacio de las Ciencias de la Tierra”, resguarda entre sus instalaciones de cantera (la misma que se empleó para el Palacio de Minería y el Colegio de San Ildefonso),  los fósiles y elementos prehistóricos más importantes de México.

Llena de historia, en la Santa María la Ribera habitaron artistas e intelectuales mexicanos como Gerardo Murillo “Dr. Atl”, Eligio Ancona o Mariano Azuela, quienes se establecieron cerca de las calles que hoy llevan su nombre. Otros, como el compositor José Alfredo Jiménez, visitaban con frecuencia el Salón París, en contra esquina de la Alameda y el Kiosco Morisco. Las calles de este lugar también fueron retratadas en novelas como José Trigo (Fernando del Paso, 1966) o La frontera de cristal (Carlos Fuentes, 1995).

Después de pasear por el corazón de la colonia, te recomendamos visitar sus espacios culturales, como el Museo Universitario del Chopo (creado para albergar al Museo de Historia Nacional de Historia Natural en 1913) y la Casa de los Mascarones (recinto de la Escuela Nacional Preparatoria 6 hasta 1959, convertido en un lugar de enseñanza de idiomas).

Colindante con el Monumento a la Revolución Mexicana y la Benemérita Escuela Nacional de Maestros, limítrofe de la colonia Buenavista y el Tianguis Cultural “El Chopo”, Santa María la Ribera es el escenario donde las piezas de la historia se unen para completar un conglomerado de recuerdos, donde el desuso del espacio es inexistente, acogiendo a personajes que inventan la vida cotidiana y forman el rompecabezas de la curiosidad y la rareza.