Ignacio Hernández es mariachi desde hace 31 años y lidera la agrupación "Arriba México". ¿Cómo es su día a día? Te lo contamos.

El sol se pone en la Ciudad de México y la plaza Garibaldi brilla como una laguna de oro. Grupos de mariachis caminan de aquí para allá ofreciendo una pieza a los turistas. Un mariachi, con su guitarrón al hombro, pasa frente a la efigie de santa Cecilia, patrona de los músicos, inclina la cabeza y se persigna. Luego coloca su mano sobre el vidrio y comienza su día de trabajo.

“Hoy es buen día”, dice un hombre mayor enfundado en su traje negro de botonadura plateada a un joven violinista. “Pero sobre todo el 15 de septiembre”, corrige. Porque con toda seguridad, la noche del Grito de Independencia de México es cuando suenan más las trompetas y los violines en Garibaldi, donde el furor patrio encuentra su cauce natural en las canciones de José Alfredo Jiménez, Lola Beltrán y Juan Gabriel.

Ignacio Hernández aguarda sobre el Eje Central a que se acerque un cliente. Es mariachi desde hace 31 años, pero la historia viene desde mucho antes. Tres generaciones para ser exactos. Su padre y su abuelo le enseñaron el negocio y lo mandaron a la escuela para que aprendiera armonía.

“Te enseñan lo básico de la música y ya luego tú escoges tu instrumento”, me dice. A diferencia de su padre, quien tocaba la guitarra, y de su abuelo trompetista, Ignacio escogió el guitarrón. Tal vez el instrumento preferido es un reflejo de quien lo toca. Ignacio, igual que el guitarrón, es robusto, alegre y es el líder de su grupo, el “Arriba México”.

Se considera heredero de una tradición muy importante para nuestra ciudad y nuestro país, pues el mariachi “Arriba México” fue fundado por su abuelo, hace más de 85 años, cuando la plaza de Garibaldi dejaba de ser el Baratillo y la fama del Salón Tenampa la convertía en un lugar inmejorable para escuchar música mexicana y degustar nuestra gastronomía.

El “Arriba México” no tiene un número fijo de integrantes: “Cae un cliente y se junta un grupo, dependiendo del presupuesto. Si el cliente tiene poco, nos juntamos cuatro o cinco nada más. Hay gente que llega y pide 20 o 30 músicos”.

La variedad de ocasiones en las que alguien pide un mariachi es casi infinita. Donde más se les solicita son las fiestas de 15 años, las bodas y los cumpleaños. De vez en cuando una serenata, una despedida o un funeral.

No es fácil asistir a todas las fiestas. Por eso Ignacio no duda al responder que la mayor dificultad de su trabajo es lidiar con las desveladas. “Y los borrachos”, añade con una sonrisa. Se escucha un silbido y un grito. Su grupo lo llama para subirse a una camioneta. Todos visten de traje negro de charro, camisa blanca y moño rojo. “Ya salió chamba”, dice y nos despedimos.

El Salón Tenampa y el Museo del Tequila y el Mezcal comienzan a poblarse. La música suena cada vez con más frecuencia. A lo lejos, un jarocho vestido de blanco lleva su arpa a cuestas. El papel picado aletea como una multitud de banderas coloridas. Ya anochece y parece que hoy será un buen día.